Ventos de Havana

Para os que querem conhecer melhor a Ilha, vale a pena ler o conjunto dos romances de Leonardo Padura. Vale muito a pena, também, assistir a série Quatro Estações em Havana, composta por quatro episódios correspondentes à tetralogia “Estações Havana”

Padura (destaque) criou o policial Mario Conde, que protagoniza a tetralogia Est

Padura criou o policial Mario Conde, que protagoniza a tetralogia Estações Havana

Foto: Reprodução

Leonardo Padura tornou-se mundialmente conhecido a partir da publicação de O Homem Que Amava os Cachorros (2009), romance histórico que tem como personagens principais dois comunistas: o russo Leon Trotski e o catalão Ramón Mercader. Mas antes disso, já era um autor conhecido e reconhecido por seus artigos jornalísticos, por seus ensaios literários e principalmente pelos romances protagonizados pelo policial Mário Conde, aspirante a escritor de romances “esquálidos e comovedores”.

Mário Conde aparece pela primeira vez numa tetralogia: Passado Perfeito, Ventos de Quaresma, Máscaras e Paisagem de Outono (Estações Havana, Boitempo, 2016). A tetralogia também conhecida como “las cuatro estaciones” termina com o personagem pedindo demissão da polícia.

Conde é igualmente protagonista de outros quatro livros: Hereges, Adeus Hemingway, O Rabo da Serpente e A Neblina do Passado. Quando deixa de ser policial, Mário Conde passa a ganhar a vida descobrindo e revendendo livros antigos, perdidos em bibliotecas particulares em casas de famílias cubanas.

Para os que querem conhecer melhor a Ilha, vale a pena ler o conjunto dos romances de Leonardo Padura, a começar pelo genial La Novela de Mi Vida, que aborda um curioso episódio da história política e literária da Cuba, envolvendo o poeta José María Heredia.

Vale muito a pena, também, assistir a série Quatro Estações em Havana (Netflix), composta por quatro episódios correspondentes à tetralogia que lançou Mário Conde. Assim como deve-se assistir Retorno a Ítaca (2014) e 7 Dias em Havana (2012).

Quatro Estações foi dirigido pelo espanhol Félix Viscarret. Leonardo Padura e Lucía López Coll, sua companheira desde sempre, trabalharam no roteiro e acompanharam as filmagens. O papel de Mário Conde coube a Jorge Perugorría, artista cubano que protagonizou o famoso Morango e Chocolate, além de ter sido motorista de caminhão em Guantanamera e guerrilheiro revolucionário em Che, dirigido neste último caso por Soderbergh.

Os livros e os filmes de Padura são muito críticos à realidade cubana e, direta ou indiretamente, fazem um balanço duro acerca da experiência socialista no século 20. Um exemplo disso está na carta enviada por Padura, em dezembro de 2011, ao Institut du Tout Monde e aos jurados do 22ª edição do Prêmio Carbet, que o escolheram vencedor pelo livro O Homem Que Amava os Cachorros. Nessa carta, Padura escreve o seguinte:

(...) No tengo que repetir que vivo y escribo en Cuba, pues todos ustedes lo saben. Y quizás no tendría que decir lo que significa haber escrito esta novela viviendo en Cuba y aspirando a que fuese leída, sobre todo, en Cuba. La experiencia de la gran frustración utópica del siglo XX, en la cual mi país participó con todos sus sueños y obtuvo muchos de sus beneficios pero a la vez pagó muchas de sus consecuencias indeseables, era y todavía es un conflicto histórico que tocó hasta las últimas fibras de las vidas individuales de muchos cubanos, pero con especial énfasis y encono en los hombres y mujeres de mi generación. Un grupo de personas que creció, se educó, trabajó convencida de la viabilidad de esa utopía, sin tener muchas veces una idea real de los desmanes que se habían cometido en nombre de la construcción de un mundo mejor. El ocultamiento de esos desmanes –  que si acaso se calificaban de “errores”, cuando muchas veces fueron en realidad “horrores” – constituyó justamente una de las causas que provocaron su frustración como proyecto, y la frustración de los sueños y las vidas de muchos hombres y mujeres de mi generación, en esta Cuba en la que nací, donde vivo y escribo por sobrenada decisión personal (...). [Tradução em nota ao lado]

Essas ideias fazem parte da visão de mundo de Leonardo Padura e de seu alter ego Mário Conde: um pouco de tristeza, um pouco de desencanto, mas também um pouco de esperança e a firme convicção de que “todos nosotros sabemos que estamos obligados a querer mejorar lo que somos, el mundo en que vivimos. No importa con qué nombre bauticemos esa utopía. Solo que sepamos que, sin ella, no seríamos mejores”.

Evidentemente, ninguém é obrigado a concordar com esse ponto de vista, que pode conduzir – como em Retorno a Ítaca – a uma situação que parece sem saída. Ou que leva Padura a afirmar vereditos do tipo: “es imprescindible repensar nuestra historia, y la del socialismo en el siglo XX, que – no es un secreto – terminó en un gran fracaso”.

Mas, tanto nas “Estações Havana” como na série Quatro Estações em Havana, prevalece um acento mais otimista. Um pouco pelo timbre cubano, um pouco pelas imagens (inclusive aéreas, filmadas com drone) da capital habanera, mas principalmente por certo senso de humor típico da Ilha, que exemplifico com trechos de um texto de Leonardo Padura, escrito em 2006 e intitulado “La escritura como competência”:

“Al borde de los veinte años que pronto cumpliría, yo era en aquel momento la estampa viva de la inocencia, una hoja que el viento, imprevisible, podía mover hacia un destino mucho más imprevisible. Apenas unos meses atrás, el día que en un salón del preuniversitario donde estudiaba me vi en el trance de optar por una carrera universitaria, mis vocaciones eran tan incongruentes y dispares que luego de pensarlo varias veces y ante la noticia de que ese año no abriría la escuela de periodismo (me gustaba un poco aquello de ser cronista deportivo, pero, repito, un poco), deseché en un minuto la idea de estudiar arquitectura o cualquier especialidad directamente ligada con las matemáticas (la asignatura que había sido siempre mi fuerte) y me decanté por la carrera de Historia del Arte, en primera opción, y por ¡Geología!, en la segunda.

Por qué un matemático con aficiones geológicas pretendía estudiar Historia del Arte es todavía un misterio para mí. Creo que todo se debió al hecho de que entre las disparatadas y desactualizadas listas de carreras universitarias a escoger, había visto que existía una especialidad de Cine, Teatro y Televisión, como parte de Historia del Arte, y me gustó la tentadora posibilidad de pasar mi vida entre cines, teatros y televisores, más que entre ecuaciones y logaritmos.

Sin embargo, una semana antes del 1º de septiembre tuve un primer encontronazo con la realidad: la muy selectiva carrera de Historia del Arte que yo había escogido y merecido (era el aspirante con más alta puntuación de todos los preuniversitarios de la capital) no abriría su matrícula ese año, por lo que debía optar por alguna de las especialidades de Letras, las únicas a nuestra disposición.

Pienso que debo haber sido uno de los estudiantes de Letras más iletrados que alguna vez matricularon en la Escuela de Zapata y G. Mis lecturas hasta entonces eran tan raquíticas como la de cualquier muchacho de veinte años que ha dedicado lo mejor de su vida en jugar a la pelota, conversar con los amigos y perseguir a alguna muchacha con primeras intenciones. Muchos de mis compañeros de curso, mientras tanto, ya habían leído a García Márquez y a Carpentier, incluso a Cortázar y a Borges, y podían hablar de la poesía y la prosa de Benedetti y, en voz baja, de alguna de aquellas fabulosas novelas del primer Mario Vargas Llosa, ya para entonces enemistado a muerte con el sistema cubano.

¿Cómo aquel “buen salvaje” del barrio habanero de Mantilla que era yo el 1º de septiembre de 1975 pudo empezar a desbrozar los caminos de su monumental incultura y, dos años después, convertirse en colaborador habitual de revistas como El Caimán Barbudo, Alma Máter y Universidad de La Habana, y ser diez años después autor de un primer libro publicado, y luego, definitivamente, convertirme en escritor? Creo que la única respuesta posible es esta: gracias a la pelota.

Haber jugado pelota cada día de mi existencia hasta el momento en que me convertí en estudiante de la Escuela de Letras, haber pensado siempre en la pelota, y ser, aún hoy, un pelotero frustrado, fue la clave que, unida a la circunstancia de haber estado el 1º de septiembre de 1975 frente al edificio de Zapata y G y no en otro sitio, decidieron mi vida. La pelota me había arraigado un “espíritu deportivo”, o para ser más exacto, una necesidad de competencia tan acendrada que, al verme en el último lugar de la tabla de posiciones entre los estudiantes de la Escuela de Letras, decidí que mi única posibilidad era demostrar en el terreno que yo también podía competir (...)

Leí en tales proporciones que antes de terminar el primer año de carrera me sentí tan en forma, tan listo para la competencia, que hasta escribí lo que parece haber sido mi primer cuento: un relato semifantástico que le di a leer a Abilio (por aquel tiempo ya en tercer año de la carrera), quien, con su mesura habitual, apenas se atrevió a decirme que no debía abusar tanto de las admiraciones en los diálogos, pues mis personajes hablaban de asombro en asombro, de alarido en alarido.

Vistos a la distancia de dos décadas, los cinco años que pasé en la Escuela de Letras – en algún momento bautizada Facultad de Filología – de la Universidad de La Habana fueron un período más feliz que desdichado, a pesar de que por entonces – plena década de 1970, por Dios, ortodoxa y represiva –, recibí las primeras acusaciones de ser un desviado ideológico y – cito textual – un “socarrón autosuficiente”, con todo el riesgo que aquellas valoraciones entrañaron. Pero la atmósfera intelectual que se vivía entre los estudiantes, las posibilidades que nos descubrían algunos profesores – el gordo Guillermo Rodríguez Rivera, Daniel Chavarría con sus novelas, Maggie Mateo y el bueno de Salvador Redonet –  elevaron cada día el listón de mis aspiraciones y me empujaron hacia el camino de la literatura – de la lectura, del análisis y de la escritura –, en el cual, por participar de una competencia, todavía ando hoy, con el bate en un hombro y la pelota en la mano”. [Tradução em nota ao lado].

Todas as citações estão na língua de Cervantes porque assim os textos de Padura soam melhor. Quem quiser saber mais, pode buscar no endereço http://laventana.casa.cult.cu/noticias/2012/11/30/a-la-tercera-no-es-la-...

Estações Havana, Leonardo Padura, Boitempo Editoral, 4 volumes, 2016

Passado Perfeito - Inverno - 212 páginas

Ventos de Quaresma - Primavera - 205 páginas

Máscaras - Verão - 207 páginas

Paisagem de Outono - Outono - 246 páginas

 

Valter Pomar é professor de Relações Internacionais da UFABC

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